Científicos llaman a profundizar y tomar acción en las causas vinculadas al cambio climático
”El Niño es un fenómeno natural. Va y viene. El cambio climático, por el contrario, empeora mientras no dejemos de quemar combustibles fósiles”, explica la dra. Friederike Otto.
Este patrón climático natural se caracteriza por la interacción océano con la atmósfera, alternando entre fases en el Pacífico, cuando es más cálida es El Niño y cuando es fría es La Niña, generando precipitaciones y sucesos extremos por las modificaciones en la temperatura global.
El Niño no es motivo de alarma, pero el cambio climático sí lo es
Aunque los titulares hablan de un “Super El Niño”, la comunidad científica no lo da por hecho, pero sí es altamente probable que se produzcan episodios de El Niño, por lo que los incendios forestales, calor extremo y sequía severas formarán parte de los eventos climáticos relevantes durante este año, con mayor riesgo a finales del mismo.
De acuerdo con la información compartida en la conferencia de prensa “2026 en camino a clima extremo extraordinario” en lo que va del año se han quemado más de 150 millones de hectáreas en todo el mundo, 50 % más respecto a la media reciente y el doble que en 2024 para este mismo periodo.
Actualmente Africa y Asia representan dos indicadores importantes.
En África se han quemado 85 millones de hectáreas en comparación con los 69 millones del año pasado. Por su parte, Asia presenta 40 % más que en el año récord anterior, con 44 millones de hectáreas quemadas este año, en comparación con el récord anterior de 32 millones en 2014.
De acuerdo al investigador Theodore Keeping, este comienzo de temporada ha batido récords en gran medida por la forma en la que el cambio climático, a través de las condiciones de calor y sequía, está determinando la actividad de incendios a nivel mundial.
“La superficie global quemada es un indicador complejo que depende en parte del cambio climático, así como de los cambios en la cobertura vegetal y el comportamiento humano”, explica.
Sin embargo, la falta de voluntad política requerida para atender la crisis climática también está siendo determinante para llegar a lo que la Organización Meteorológica Mundial denomina la etapa más desequilibrada del planeta.
De acuerdo con la dra. Jemilah Mahmood, en los últimos dos años los gobiernos se han distanciado silenciosamente de sus compromisos climáticos, las conferencias mundiales lideradas por la ONU, si bien han impulsado objetivos basadas en la ciencia, también están perdiendo credibilidad.
El Acuerdo de París que buscaba evitar el incremento del planeta en 2°C no ha podido materializarse. La economía basada en los combustibles fósiles y la idea hegemónica de desarrollo ha derivado en que los países más contaminantes del mundo, Arabia Saudí, Irán, Estados Unidos, Rusia y Corea del Sur formen parte del grupo de naciones que menos hacen para mitigar el calentamiento global.
“El discurso se ha suavizado, la ambición ha retrocedido. La física no ha cambiado, las señales no han cambiado, solo la voluntad política ha vacilado y estamos pagando con vidas humanas”.
Otro factor que debe seguir al centro del debate son los impactos diferenciados del cambio climático, pues las personas que menos han contribuido a esta crisis son quienes frecuentemente pagan los mayores costos.
Mahmood explica que el calor no ocupa los titulares como lo hacen los desastres ni genera imágenes que activan la financiación de emergencia, pero de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud puede cobrar la vida de hasta 546 mil personas al año.
“Sus impactos son más silencios y cotidianos, en los hogares, en los cuerpos de las personas trabajadoras que no tienen más remedio que estar al aire libre”.
La metáfora de la rana: no se da cuenta que el agua se está calentando hasta que es demasiado tarde para saltar
“El calor funciona exactamente así, sobre todo en los países tropicales. Se convierte en ruido de fondo. Un día caluroso se convierte en una semana calurosa, luego en una estación calurosa que se convierte en la nueva normalidad a la cual nos adaptamos”.
El calor agrava las enfermedades respiratorias y empeora la calidad del aire provocando contaminación atmosférica. Esta contaminación causa entre 1.5 y 3.1 millones de muertes, de acuerdo con un estudio de The Lancet en 2024.
Más del 90 % de estos decesos ocurren en países de ingresos bajos y medios. África subsahariana representa por sí misma casi el 40 %.
Por su parte, los incendios también afectan al cuerpo humano porque generan una contaminación poco común: las partículas 2.5 PM del humo de los incendios forestales pueden ser 10 veces más dañinas que las de su misma categoría por emisiones de tráfico.
Las intoxicaciones por exposición al humo de incendios también son relevantes. “El fuego visible es solo el principio de la historia, también existe empeoramiento de diabetes, enfermedades renales y efectos cada vez mejor documentados sobre la salud mental como ansiedad y trauma”.
El coste psicológico de ver cómo se pierde un entorno, un hogar y hasta una comunidad tiene “consecuencias clínicas reales y nuestros sistemas de salud simplemente no están diseñados para hacerles frente”, detalla Mahmood.
Finalmente apunta que los incendios forestales, la degradación de la biosfera y el colapso de los ecosistemas son síntomas de que se están traspasando múltiples límites planetarios y de alguna manera, “seguimos sin abordar como la emergencia que son”.
Debido a décadas de calentamiento acumulado, las temperaturas del agua en la zona central del Pacífico pueden alcanzar 3 grados por encima de la media para la segunda mitad de este año.
A pesar de la adversidad de este contexto Mahmood no busca asustar a la gente hasta paralizarla. Sino impulsar acciones climáticas, “que planifiquemos ahora en lugar de reaccionar más tarde. La desesperanza también es una forma de inacción. Y no podemos permitirnos ninguna de las dos cosas”.
Entonces, ¿dónde estamos ahora?
De acuerdo a Patricia Espinosa, exsecretaria ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la atención debe centrarse en la ejecución efectiva de cada país y eso incluye el reconocimiento de que todos están obligados a contribuir para hacer frente al cambio climático, pero no todos de la misma manera.
Para ello se requiere más financiamiento y distribución de recursos para la acción climátic, especialmente para la adaptación.
“El abandono de combustibles fósiles de una manera justa, ordenada y equitativa” como se argumenta en la Hoja de ruta para la transición fuera de los combustibles fósiles que estará proyectando para la COP 31 y que ya tuvo sus primeros intercambios durante la conferencia de Santa Marta.
Espinosa también llama a generar soluciones basadas en la naturaleza más ambiciosas, especialmente la restauración y conservación de los bosques.
Es momento de que los gobiernos nacionales y subnacionales, junto con empresas y comunidades de todos los tamaños, puedan poner sus aprendizajes en práctica.
“La implementación empieza y, en su mayor parte, termina en casa”.
Espinosa hace un llamado a los gobiernos, quienes “deben reducir el riesgo, fomentar la ampliación de la escala y aportar credibilidad a la acción climática nacional. Las políticas públicas y las estrategias corporativas deben dar resultados en esta nueva etapa de implementación”.
Y también reflexiona sobre cómo la colaboración público-privada determinará no solo si el mundo será capaz de hacer frente al desafío del cambio climático, sino también la forma en que se definirá el éxito económico en todo el mundo en el siglo XXI.
Por último, apunta a la tendencia profundamente arraigada a dar un peso excesivo a los beneficios individuales a corto plazo en detrimento del interés colectivo a largo plazo.
“Estos retos globales no pueden resolverse sin una acción colectiva, coherente y consistente a nivel mundial”.
En este mismo sentido la dra. Mahmood explica que las alternativas que hay en la transición energética justa comienzan a visibilizar algo importante: “cuando a las comunidades se les brindan los recursos y la confianza para diseñar sus propias soluciones, eligen proteger su salud y su medio ambiente”.
Y es que una acción climática ambiciosa no se mide en declaraciones de intenciones ni en compromisos, sino en una ejecución verificable.
Mahmood apunta que no se trata de poner al centro proyecciones del PIB, ni de modelos ecológicos abstractos, sino de accionar a favor de los derechos a un medio ambiente sano y a la salud de personas reales en lugares reales.
“La forma en que respondamos a lo que estamos viendo en 2026 nos dirá algo importante. Si nuestros sistemas están diseñados para proteger a las personas o simplemente para hacer frente al daño”.
Tenemos que decirle al poder verdades incómodas. Y tenemos que hacerlo con las pruebas que se generan porque las señales sin políticas no son más que propaganda.
Y las políticas sin ciencia no son más que política.
